La soledad que solía percibirse en las calles de Cúcuta, para prevenir el Covid-19, es historia. Muchas actividades informales, y otras formales, ya están funcionando en la ciudad. Esa realidad, aunque en parte es contraria a lo dispuesto por el gobierno local y nacional, tiene una explicación: los ciudadanos deben rebuscarse el sustento, porque los ahorros no alcanzan y las ayudas gubernamentales son escazas y llegan a paso de tortuga.

Y así como han venido retornando las personas a su cotidianidad, las cifras de homicidios también han seguido su camino. Según la Policía Metropolitana de Cúcuta, entre el 2 y el 23 de mayo han sido asesinadas 26 personas, en Cúcuta. Es decir, cada 20 horas, en promedio, un ciudadano ha perdido su vida a manos de violentos.

Lo triste de retornar a la normalidad será chocar con esta cruda realidad, la cual no vamos a poder contener. Ni el temor al virus lo está logrando y como bien sabemos nunca los esfuerzos serán suficientes para contener la delincuencia y criminalidad. Bien lo han manifestado las autoridades: no se puede asignar un policía por cuadra.

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Hay que aceptarlo. Las estadísticas contrastan y no son tan favorables para la seguridad ciudadana, pese a que continúan las capturas y la operatividad policial y las diferentes instituciones estatales se muestran comprometidas con hacer cumplir el pico y placa, pico y cédula, toque de queda y para que, en general, se prevenga el virus.

La tendencia de las cifras de mayo, en Cúcuta, no se aleja de la realidad de ciudades como Medellín, en donde, según cifras reportadas por el diario nacional El Tiempo, entre el 1 y 19 de mayo hubo 24 homicidios. Es decir, uno cada 19 horas.

Aunque la realidad de las dos ciudades es totalmente distinta, ambas padecen los rigores del crimen organizado y la riña entre quienes mantener el poder delincuencial.