Por: Vladimir Solano Gómez

La salida de Ramiro Suárez de la cárcel La Picota, para ir a detención domiciliaria en Bogotá, es una especie de oxígeno para quienes han venido intentando sitiar la gestión del alcalde Jairo Yáñez.

Recordemos, por un lado, que algunos servidores públicos y funcionarios han declarado su abierto aprecio e incondicionalidad frente al ramirismo; y, por el otro, que ya se ha intentado desacreditar y sacar a miembros del actual gabinete, con argucias más políticas que razones de fondo. No especificaré cuáles son, porque bastante se ha escrito en los medios locales, regionales y nacionales. Además, esa no es la razón de este escrito.

No me opongo a quienes tienen sentimientos favorables a Ramiro. Cada quien es libre de elegir y lidiar con sus ángeles y demonios. Es una libertad que no pienso restringir.

Sin embargo, el asunto sí se vuelve incómodo si la domiciliaria de Ramiro Suárez impulsa a que se intensifiquen los ataques contra la administración actual. Entonces, estaríamos frente a otra crisis. Una que dificultará aún más la gobernabilidad, y se sumará a las muy sentidas problemáticas sociales, agravadas por la presencia de ciudadanos venezolanos en Cúcuta; a las económicas, desencadenadas por el aumento en el desempleo y la informalidad; y a la de salud, por causa de la Covid-19.

Con un contrapeso mayúsculo, pierde la ciudad. Se podrían frenar procesos y retrasar la aplicación de programas, planes, proyectos y políticas.

En este sentido, las únicas oposiciones bienvenidas son las de los argumentos, porque permiten encontrar errores para mejorar. La discusión genera valor cuando permite hallar caminos conjuntos para avanzar.

Algunos pensarán que son exageradas estas reflexiones. Sin embargo, apenas han pasado unas horas de la domiciliaria de Ramiro Suárez y ya reaparecieron los conocidos motivos de discrepancias entre los ciudadanos. Las redes sociales están inundadas de comentarios.

En un grupo están quienes lo veneran como el eterno alcalde, porque lo recuerdan por gestionar megaobras y contribuir para pavimentar calles; en contraposición, están los que lo rechazan por ser el autor intelectual de un homicidio. Y, además, por considerarlo el principal motor de corrupción en la ciudad, al estar anidado entre servidores públicos y funcionarios.

Cuando uno cavila sobre estas realidades, en su conjunto, ve de lejos nubarrones sobre Cúcuta. Siendo optimistas, estos pueden desaparecer. Para ello se necesita, entre otros aspectos, más compromiso, unidad y proactividad en la gestión de los implicados en dirigir la ciudad.